Llegué dos semanas después de que las clases hubieran empezado.
La mayoría de los profesores eran agradables, salvo uno de Arte creo que era, que siempre entraba al aula con un humor de perros.
Al finalizar Música, me acerqué al profesor.
-Es que.. soy nueva y no sé como va esto .. ¿El aula de música está abierto siempre?
Me respondió con amabilidad, sorprendentemente era alguien mucho más fácil de tratar de lo que yo creía a simple vista.
-Está abierto todas las horas menos los miércoles y los viernes, que cierra después del recreo. Tienes que tener en cuenta que al tener un determinado número de salas, debes de pedir sitio antes de que empiece el recreo, o bien pide hoy sitio para mañana.
-Muchas gracias.
Me alejé tarareando una canción que se me había pegado de no sé dónde, no me preguntéis cuál era, pues tampoco me acuerdo.
Fui a la recepción, para preguntar si aún quedaba hueco.
-¡Estás de suerte! Queda una sala, pero es la última, no tiene buen sonido y el piano no está muy afinado, te la quedas igual?
Bueno, la "suerte" del principante, ya se sabe.
Me quedé con la sala, cogí las llaves y me dirigí hacia ella.
Comencé a tocar algunas piezas que mi antiguo profesor de música me había regalado como despedida.
Ahí comprobé que no es que el piano estuviera poco afinado, es que estaba totalmente mal.
No me importó, la verdad, hasta que alguien empezó a golpear mi puerta con brutalidad.
Abrí bastante molesta.
-¡Ah!-cruzó la puerta sin pedir permiso, ni siquiera dijo hola- Así que.. ¡ Así que tú eres la nueva que me ha quitado este sitio !
La verdad, me encontraba algo perdida, pero le hice frente como pude.
-¿Quitado? Yo no te he quitado nada. Pregunté a las conserjes si había alguna libre y me la dieron, ¿Dónde ves tú que te lo haya QUITADO?
-Y tú, ¿Quién eres?
-¿Yo?-extendí la mano amablemente, como si nada de lo que hubiera dicho u hecho sirviera de antecedente para catalogarlo como "estúpido"- Soy Sara, nueva en este centro.
Sin embargo, él no hizo lo mismo.
Pasó por mi lado sin ni siquiera mirarme, y se apoyó sobre el piano con cierta sonrisa.
-¿Yo? Yo soy Alejandro, futuro famoso en éste Centro.. y en el mundo- y seguidamente, añadió acercándose a mí- espero, bonita, que te haya quedado claro que éste es sólo lugar para mí, ¿queda claro? Es decir, espero no verte más por esta sala.
Arqueé una ceja.
-¿Qué pasa, no me entiendes? He dicho que te largues de aquí,venga,FUERA!
No me moví de mi sitio. Quizás por el shock, quizás por la impresión que me había dado el conocer a la primera persona del Instituto y encontrarme con ésta clase de persona.
-No me voy a ir.
Se acercó a mí, e intentó agarrarme de la mano, pero me aparté.
-Mira niña, no soy bueno aguantando mocosas, sabes? Es un gran defecto por mi parte,lo sé. Así que más te vale ir saliendo por esa puerta..
-No me has entendido tú a mí. ¿Quieres tu sala? Claro, aquí la tienes. Ven todos los días, ensaya, HAZ LO QUE TE SALGA DE LAS NARICES! Pero yo me quedo.
-¿Estabas tocando el piano cuando he entrado?-bajó ágilmente del piano, ahora dirigiéndose hacia el taburete.
Me quedé un poco pasmada, después de todo, me había cambiado de tema, su tono era mucho más suave, relajado.. ahora.. ahora incluso daba gusto oírlo..pero solo un poco.
-Eh.. sí.. una pieza.. una pieza que me dió un profesor de mi otro Instituto, pero con éste cacharro no hay quien toque bien..
Estalló en carcajadas.
-No es el cacharro, es que no sabes tocar.
Le puse mala cara pero él, sin ni siquiera devolverme la mueca, agarró mi partitura y comenzó a tocar.. y entonces todo cambió, como si las notas que salían del piano se convirtieran en alegría para la sala, se llenó de color, de gracia, de virtud.
Alejandro cesó de tocar de golpe, y empezó con otra pieza.
Ésta no la conocía, pero era tan agradable como la que mi profesor me había regalado, quizás algo más suave, como si fuera el estado de ánimo de alguien que por un momento es feliz.
Cerré los ojos, y sin darme cuenta, empecé a sonreír a medida que la música cambiaba de volumen, de tono, era más tranquila o más nerviosa, el estado de ánimo de la música empezó a correr por mis venas, se penetró en mi cuerpo, me sentía viva.
Entonces, dejó de sonar de nuevo.
Abrí los ojos desesperada por encontrar con la mirada al piano, y querer ordenarle que siguiera sonando, pero al darme cuenta de quién había estado tocando, me sentí realmente estúpida.
-¿Te ha gustado?
Intenté contener mi emoción, intenté agrupar las palabras perfectas para no insinuar que era buenísimo, pero tampoco que era malo.
-No ha estado mal.
Soltó una carcajada, y se bajó del taburete.
-No soy lo mejor del mundo, pero soy mejor que tú y que todos los de este asco de Instituto. Además, seré el mejor del mundo, algún día.
Justo cuando le iba a responder,sonó la campana, y antes de que pudiera decir nada ya estaba cruzando la puerta.
-Eh, espera!
Logré alcanzarle, y le agarré por la manga.
Se dió la vuelta.
-Tengo un exámen ahora, ¿Qué quieres?
Cuando lo miré de frente, la mente se me puso en blanco, totalmente.
¿Cómo podía cambiar el tono de su voz tan rápidamente? Ahora resultaba mucho más frío, ahora las palabras se me clavaban igual que al principio.
-Eh..nada, que mañana estaré ahí, no me vas a echar, te lo aseguro.
Intenté que sonara lo más indirectamente, esperaba volver a estar a solas con él en esa sala, esperaba voler a escuchar cómo sus dedos rozaban las teclas del piano tan suavemente y cómo tocaba esa canción que ya estaba zumbando cual avispa por mi mente.
Aquél día volví en cuanto terminaron las clases a mi casa, estaba agotadísima. La profesora de Matemáticas me había encargado ayudar a una compañera que tenía problemas con los números, así que además me tocaba hacer de profesora.
Me metí en la ducha para desestresarme, y más tarde comencé a releer “Marina”.
Era uno de mis libros favoritos porque de pequeña siempre había soñado con vivir una historia llena de emociones, y leer ese libro me inspiraba, me hacía revivir viejos recuerdos.
A la noche, tuve que salir para hacer la compra.
Fui al supermercado que quedaba a varias manzanas de mi casa, porque al parecer, el que estaba debajo de mi portal cerraba tempranísimo.
Mientras volvía, cuatro fornidos hombres me acorralaron.
-Eh,nena!
-Muñeca! Ven, ven aquí!
Intenté atizarle con algún spray que había comprado, pero fue inútil.
Pensé en correr, pero estaba casi segura de que me caería.
Entonces, como por arte de magia apareció él. Me recordó como a aquélla escena de Crepúsculo, bueno, claro, sin tener en cuenta éste final.
Siendo consciente de que le iban a dar una paliza, se acercó aparentemente seguro de sí mismo.
-¡Eh! Dejádla en paz ya.
Y claro, cómo no, ellos se mofaron como si una rata callejera le dijera al gato del rey que le limpiara la cola.
-Pero bueno, y tú quién eres, ¿el príncipe salvador?
Se le tiraron encima como leones.. pero antes de que casi la muerte abriera las puertas a Alejandro me tiró sus llaves.
-¡Mira en las llaves y corre!
Sinceramente, aún no sé cómo a la media hora volvió a su casa tan campante, tan feliz, y sobretodo, sin un rasguño. Saldría corriendo, seguramente.
La cuestión era que desde ese momento, yo, Sara Stellbyer le debía una al señorito “soy mejor que nadie”.
Mientras me ofrecía algo para beber, en tono desenfadado, soltó:
-Bueno, supongo que ya te puedes ir tú solita a casa, no te van a molestar más.
A decir verdad, esperaba que me acompañara, pero claro, no se podía pedir mucho más de alguien como él.
-Sí, claro.
Agarró la taza de té y me la dejó sobre la mesa.
-Tómate eso y luego vete, no quiero parecer molesto contigo por haber tenido que ir a salvarte.
¿Salvarme? ¡Si se había ofrecido él!
Sorbí un poco el té para evitar decir nada fuera de lugar, aunque bien me hubiera gustado responder algo más convincente que lo que dije.
-Sí,bueno-dejé la taza sobre la mesa, intentando no hacer mucho ruido- Muchas gracias.
Se sentó frente a mí, en otro sofá. Ambos estaban separados por una mesita de cristal minuciosamente decorada por un pequeño jarrón de flores.
Las flores estaban casi secas, parecían llevar ahí mucho tiempo.
-¿Vives muy lejos de aquí?
Balbuceé un poco antes de contestar.
-Eh.. bueno, me las arreglaré, no te preocupes.-terminé mi taza de té, y él se levantó para recogerla.
-No me preocupo- se dió la vuelta y me dedicó una sonrisa- simplemente no quiero que haya rumores sobre de que te dejé ir sola a estas horas de la noche. No me convendría si quiero ser importante y querido.
No respondí, por lo que siguió hablando.
-Ya te puedes ir,eh? No quiero que estés aquí cuando venga mi madre, no me apetece darle explicaciones.
Inmediatamente me levanté y agarré mis cosas.. ¡mis cosas!
-Oh!.. La compra..
-¿Qué pasa? -preguntó acercándose a mí.
-Ah.. nada, no tiene importancia.
Pero se percató de que me había dejado las bolsas en algún lugar.
-¿Qué llevabas?
-Comida.. huevos, leche, compresas.. -me sonrojé- bueno, no pasa nada, menos peso para ir a casa!
Me cerró la puerta y fue corriendo a la cocina.
No esperaba que me trajera un poco de comida, más o menos lo que había comprado.
¿Era bipolar o algo?
Me entregó la bolsa mirando hacia abajo.
-Con eso vas que chutas. Además, la culpa es tuya por ir tan lejos a comprar. Hay compresas también, se las he cogido a mi hermana. Y te he dejado dinero para que cojas el bus, por si tienes miedo..ahora vete ya.
Esbocé una sonrisa.
-¡Muchas gracias!
No dijo nada, se precipitó hacia la puerta, y la abrió, esperando a que me fuera.