domingo, 9 de mayo de 2010

Va amaneciendo mientras la Luna da paso al reluciente Sol, que está dispuesto a brillar un día más,sin dar tregua a la pareja que pasea enamorada, ni a la anciana que se sienta sobre un banco, exhausta, ni al funcionario que llega tarde a su trabajo.
Claire Whatever, sin embargo, no pasea acaramelada con nadie, ni se sienta exhausta en un banco, ni mucho menos llega tarde a su trabajo. Al contrario que eso, ella pasea por su habitación con su alborotado pelo mañanero y una camiseta larga de mangas cortas. Como siempre, lleva las gafas de pasta consigo. A Claire Whatever no le gusta el mundo, pero al mundo le gusta Claire. Claire Whatever huye de él, y lo hace escondiéndose en su habitación.
Porque, para ser más francos, Claire Whatever lleva más de dos años sin tener contacto social alguno con nadie. Se la pasa escribiendo, metida en su habitación, y lo único que sale de ése cuarto con forma de trapecio (o cuadrado amorfo con lados de más, como lo quieras llamar), son sus libros ya terminados, y Francisco, un chaval que se gana la vida haciendo recados para la Verdulería que hay bajo su portal, la única persona con la que Claire aún mantiene contacto en el pueblo, por cuestión de supervivencia. Francisco Griel no cree en las coincidencias, ni en el destino, ni en lo previsto. Francisco Griel es un chico de poco pensar y razonar, sólo mira y escucha y guarda en su memoria lo que ha visto y escuchado. Le gusta limitarse a hacer su trabajo y que le paguen por ello, los macarrones con queso y el olor a incienso.
Alguien llama a la puerta, y rompe la nube en la que Claire estaba sometida.
- Le traigo lo de cada semana.
La puerta se abre entonces, como si esas palabras fuesen mágicas, o algo así.
- Buenos días, Claire.
Y a partir de entonces, cada escena sucede exactamente igual que la anterior, y al anterior del anterior. Francisco le pregunta que cómo ha amanecido hoy, mientras que ella, sin hacer caso alguno a sus preguntas, se limita a pagar lo comprado y cerrar la puerta.
En el fondo le agrada. En el fondo le daría las gracias cada día. En el fondo, ella no entiende porqué cuando escucha a algún desconocido decir “Claire Whatever está loca” “Claire Whatever ha perdido el juicio”, a él le hierve la sangre.
Y Claire deja la cesta en la cocina, pone el seguro en la puerta y se dirige de nuevo a su ordenador. Está alrededor de media hora frente a él, sin hacer nada.
Así son los días de Claire, pero lo que nadie sabe es que ella es así feliz. Cada día se levanta a la hora que quiere, se acuesta a la hora que quiere. Con el dinero de sus preciados libros, Claire se puede permitir cualquier cosa.
Alguien llama a la puerta, y rompe la nube en la que..
-¿Claire?-Francisco llama de nuevo. Es extraño que no abra a la primera, ya que nunca sale del apartamento.. pero no hay manera, nadie abre.
El muchacho deja la cesta en el suelo, y se dispone a abrir la puerta de cualquier forma posible. Como no tiene la fuerza suficiente y no es un manitas con respecto al manejo de cerraduras, baraja la posibilidad de llamar al cerrajero. Pero en seguida se da cuenta de que si llama al cerrajero luego tendría que dar serias explicaciones. Entonces, una idea le ilumina la cara. Baja corriendo hasta la calle, pero para su asombro, está tan llena que cuesta incluso respirar. Si quitas tu pie del suelo probablemente cuando lo quieras poner te hayan quitado el sitio. Ah, quien fue a Sevilla perdió su silla, santa Rita Rita, y esas cosas.
Francisco llega hasta la mitad de la carretera, donde más alboroto hay. Levanta la cabeza para ver qué miran los demás, porque todos los tontos miran al mismo sitio. Pero ese sitio resulta ser el balcón que da lugar al apartamento de Claire Whatever.
Francisco pregunta a una anciana que está sentada en un banco, a pocos metros de una pareja.
-¿Qué ocurre ahí?
-¿No lo sabes,muchacho? Claire Whatever ha estado viviendo ahí, ¡y nosotros sin saberlo! Ahora se ha mudado, según ella, a algún sitio lejos de aquí, dicen, que a buscar algo que dice ella haber perdido. Me pregunto si podremos seguir leyéndola o se habrá pedido un año sabático..Muchacho, deberías de leer novelas suyas. Son fabulosas, estoy segura que ella misma debe serlo.-con esto, la anciana continuó caminando, sin voltearse una vez más.
“A Claire Whatever, además, no le gusta el pimiento,¿Sabe?” quiso decirle. Pero, en lugar de esto, Francisco esbozó una sonrisa, sin más.

2 comentarios:

laura dijo...

precioso m enkanta ^^
no es na d amor ni na d eso pero al mismo tiempo comvina muxas cosas no se
esta tela de bien ^^
un besooooooooooooooo =)

Flaviani. dijo...

Que bonito, y cuanta felicidad se puede encontrar aí, aunque no lo parezca